Todos los días, aprovechando la franja deportiva, la Tere Mena agarra su bicicleta y se va al Santuario a cantar y rezar.

«Se juntó el hacer ejercicio, que me oxigena y hace sentir viva, el estar al aire libre recibiendo el amor de Dios a través de la naturaleza, y la oración que me alegra y anima, junto con meditar la lectura del día, que me ordena. Me sentí tan bien que quise entregar eso, especialmente en estos tiempos de pandemia en que hay mucha gente viviendo con miedo. Yo estuve así al principio, pero Dios nos quiere vivos, libres, amando. No llenos de miedo, paralizados», cuenta la Tere.